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Los tres besos de Cristo al alma


1. Arrepentirse de los pecados: el beso a los pies. Hoy abrimos el libro de la experiencia. Volveos a vosotros mismos y que cada cual escuche en su interior lo que vamos a decir. Me gustaría saber si alguno de vosotros h recibido el don de poder decir sintiéndolo de verdad: ¡Que me bese con el beso de su boca!(Cant 1,1). No todos pueden decir esto sintiéndolo de verdad. Sólo aquel que haya recibido, al menos una vez, de la boca de Cristo el beso espiritual, volverá a desear esa experiencia personal y la repetirá de buena gana. Yo tengo para mí que nadie puede saber qué es eso sino el que lo ha recibido. Es un maná escondido y sólo el que lo ha saboreado se queda todavía con hambre de más. Es una fuente sellada que no se abre al extraño. Sólo quien de ella beba quedará con sed.
     Escucha a uno que lo experimentó y mira cómo insite: Devuélveme la alegría de tu salvación (Salmo 51,14). Que ni se le ocurra arrogárselo a un alma como la mía, cargada de pecados y esclavizada todavía por las pasiones carnales, que no ha experimentado aún las delicias del espíritu, ignorante y absolutamente inexperta de los gozos más íntimos.

2. Contrito y humillado. Pero a quien se halla en esta situación le mostraré un lugar muy saludable. No cometa la temeridad de acercarse a la boca de tan serenísimo Esposo, sino póstrese conmigo tímidamente a los pies del severísimo Señor, y temblando, con la mirada puesta en el suelo y no en el cielo, como el publicano. No sea que sus ojos, hechos a las tinieblas, se deslumbren con la gloria, ofuscados por sus astros. Porque herido por ese insólito resplandor, se vería envuelto en la ceguera de una oscuridad mucho más impenetrable.
     Tú, quienquiera que seas, no consideres vil y despreciable el lugar donde la santa pecadora se despojó de sus pecados para revestirse de santidad. Allí cambió su piel la mujer de Etiopía y recuperando una blancura nueva decía confiada y con razón a quienes la injuriaban: Tengo la tez morena, pero soy hermosa, muchachas de Jerusalén (Cant 1,4). ¿No te imaginas a qué medios recurrió o con qué méritos lo consiguió? Ya te lo digo yo brevemente.
     Lloró muy amargamente y exhaló profundos suspiros desde sus más íntimas entrañas. Agitada en su interior por sus beneficiosos sollozos, vomitó toda la hiel. Acudió presurosa al médico celestial, porque su palabra corre veloz (Salmo 148,15). ¿No es una bebia medicinal la Palabra de Dios? Sí lo es, y eficaz, enérgica, que sondea el corazón y las entrañas: La Palabra de Dios es viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos; penetra hasta la unión de alma y espíritu, de órganos y médulas, y juzga los pensamientos (Heb 4,12). A ejemplo de esta dichosa penitente, póstrate también tú, desdichada, y dejarás de serlo; póstrate también tú en tierra, abraza sus pies, cúbrelos de besos, riégalos con tus lágrimas, no para lavarle a él, sino a ti misma. Así serás como oveja de un rebaño esquilado, recién salido del baño. No te arriesgues a levantar tu rostro abatido de vergüenza y tristeza, hasta que tú mismo escuches estas palabras: Se te han perdonado tus pecados (Lc 7,48). Y esto otro: Ponte en pie, ponte en pie, hija cautiva de Sión, ponte en pie, sacúdete el polvo (Is 52,1-2).

3. Vivir rectamente: el beso en la mano. Recibido el primer beso a sus pies, no te apresures a incorporarte para recibir el beso de la boca. Gradualmente se te dará otro beso intermedio en la mano. Escucha por qué. Si Jesús me dice: Se te han perdonado muchos pecados, ¿de qué sirve si no dejo de pecar? Me quité la túnica, pero ¿qué he adelantado su vuelvo a ponérmela? Me lavé los pies, pero si vuelvo a mancharlos, ¿de qué vale que los haya lavado? Manchado con toda clase de vicios, yacía en la charca fangosa; pero sin duda será peor volver a caer en ela. Y recuerdo que me dijo el que me devolvió la salud: Como ves, estás sano; marcha y no vuelvas a pecar, no sea que te ocurra algo peos (Jn 5,14).
     Pero el que me provocó el deseo de arrepentirme, debe darme asimismo fuerza para moderarme; porque si vuelv al desenfreno, mi final resultará peor que el principio, por muy penitente que sea, desgraciado de mí, en cuanto retire de mí su mano; porque sin él nada puedo hacer. He dicho nada: ni arrepentirme, no contenerme. Por eso escucho lo que aconseja el Sabio: No repitas la palabras de tu oración (Eclo 7,15). Me horroriza que el Juez corte el árbol que no da buen fruto. Reconozco que no viviré feliz con mi primera gracia, por la cual me arrepiento de todos mis pecados, si además no recibo la segunda: dar buenos frutos de penitencia y no volver al vómito.

4. Santo temor de Dios. Todavía tendré que pedir y recibir todo esto, sin precipitarme por llegar a lo más sublime y sagrado. No quiero llegar de repente a la cumbre: quierosubir lentamente. En la medida que a Dios le repugna la desvergüenza del pecador, le encanta la timidez del penitente. Le aplacarás mucho antes si te contentas con lo que te han encomendado y no te importa lo que te sobrepasa. Desde los pies hasta la boca hay un paso largo y nada fácil; no es oportuno darlo. ¿Acabas de limpiarte el polvo y osas acercarte a su sagrada boca? ¿Arrancado ayer del fango, te presentas hoy ante su glorioso rostro? Utiliza la mano para conseguirlo: te purificará y te levantará.
    ¿Cómo puede levantarte? Dándote motivos para que te atrevas. ¿Cuáles? La belleza de la continencia y los frutos de una penitencia digna, como son las obras de la fe. Eso te alzará de la basura a la esperanza de poder atreverse a algo más sublime. Así, recibido este don, besa ya su mano. Es decir: da la gloria a su nombre y no a ti mismo. Hazlo una y otra vez por los pecados perdonados y por las virtudes recibidas. De lo contrario, vete pensando la manera de esquivar estas duras palabras: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo como si no lo hubieras recibido? (1 Cor 4,7).

5. Gozar de su presencia: el beso en la boca. Si tienes ya, por fin, la doble experiencia del favor divino con estos dos besos, tal vez no vacilarás en aspirar a lo más santo. Pues cuanto más crezcas en gracia, tanto más se dilatará tu confianza. Amarás más apasionadamente y llamarás más seguro a la puerta, porque añoras lo que te falta, y al que llama se le abrirá(Lc 11,10).
     Espero que con estos sentimientos no se te niegue ya el beso más maravilloso de todos: el supremo favor y la más sublime dulzura. Éste es el camino, éste es el proceso. Primero caemos postrados a sus pies y lloramos, ante el Señor que nos hizo, todo lo que hemos hecho. Después buscamos la mano que nos levante y robustezca nuestras rodillas vacilantes. Por fin, cuando lo hemos conseguido a fuerza de oración y lágrimas, nos atrevemos ya quizá a levantar nuestra cabeza hasta su misma boca gloriosa, con pavor y temblor, para contemplar, más aún, para besa, porque Cristo el Señor es un espíritu ante nosotros (Lam 44,20), y nos unimos a él con el ósculo santo, para ser por su gracia un espíritu con él.

6. Conclusión. A tí, Señor Jesús, a ti te dijo con razón mi corazón: Te buscó mi rostro; tu rostro buscaré Señor (Salmo 27,8). Es decir, por la mañana me diste a conocer tu misericordia, cuando todavía postrado en el polvo besé tus huellas sagradas, y perdonaste mi desordenada vida. Después, al avanzar el día alegraste el alma de tu siervo, cuando al besar tu mano me concediste además la gracia de vivir rectamente. ¿Qué me queda ahora, Señor bueno, sino que te dignes consentir que bese tu boca, en la plenitud del mediodía y con el fuego del Espíritu, y así saciarme de gozo en tu presencia? Indícame tú, delicadeza y calma infinita, indícame dónde pastoreas, dónde te recuestas a mediodía (Cant 1,6).

     San Bernardo, monje y teólogo del siglo XI
Sermones sobre el Cantar de los Cantares, Sermón 3

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