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Sentirse amado

Hace mucho tiempo, Moisés se dirigía hacia la montaña para ver a Dios, como solía hacer, y decidió tomar un camino diferente que atravesaba una pequeña ciudad que hacía tiempo que no había visitado. En cuanto entró en el recinto de la ciudad vio que se le acercaba un judío que acababa de salir de la sinagoga y pensó que le había reconcido.
- Moisés -le preguntó-, ¿eres tú realmente?
- -respondió Moisés.
- ¿Y vas a subir a la montaña para ver a Dios?
- -le replicó Moisés.
- ¿Querrías hacerme un favor y pedir a Dios una cosa para mí?
- Naturalmente -fue la respuesta inmediata de Moisés-, ¿qué puedo hacer por ti?
- Bien -siguió el hombre-, ¿podrías preguntar a Dios si piensa alguna vez en mí? Así le recuerdas que estoy aquí.
- Pues sí -dijo Moisés y siguió adelante, hacia la montaña.

Cuando ya casi habia atravesado la ciudad, fue reconocido de nuevo, esta vez por un vagabundo, apoyado contra una pared. Se espabiló inmediatamente, se puso en pie y le preguntó:
- Moisés, ¿vas de camino hacia la montaña para ver a Dios?
- -respondió otra vez Moisés.
- Moisés -le pidió- ¿quieres hacerme un gran favor y preguntarle a Dios si se acuerda de mí y darle recuerdos de mi parte?
- Pues claro que sí -le respondió Moisés, moviendo su cabeza.

Y se fue hacia el monte para ver a Dios. Moisés habló con Dios y escuchó las palabras que tenía que decir al pueblo, y casi e olvidó de hablarle de los dos hombres que se había encontrado en su camino.
- Dios -le dijo al fin-, he encontrado a un judío saliendo de la sinagoga, y me ha pedido que te hablara de él y que te preguntarta si tú te acordabas de él.
- -le dijo Dios-, dile que le veo a menudo, que pienso en él con frecuencia y que le tengo reservado uno de los mejores sitios en el reino de los cielos.
- Muy bien -dijo Moisés-. Y el otro hombre, un vagabundo, apoyado contra una pared, me pidió que te diera recuerdos y se preguntaba si alguna vez piensas en él.
- -dijo Dios-, dile que pienso en él a menudo, y que tengo un sitio reservado para él en uno de los lugares más bajos del infierno.
- Bien -dijo Moisés.

Y se retiró dela presencia de Dios, bajó de la montaña y atravesó de nuevo la ciudad. Habían pasado tres día, y el vagabundo seguía apoyado contra la pared y vio en seguida a Moisés que se le acercaba.
- Moisés, ¿has visto a Dios?
- -le respondió.
- ¿Le has preguntado algo sobre mí?
- Sí, lo hice y me dijo que te comunicara que piensa en ti a menudo y que te conoce bien, pero que no te ve demasiado y que tiene un sitio reservado para ti en la parte más baja del infierno.
Y para gran sorpresa de Moisés el hombre le abrazó, le palmeó la espalda y empezó a bailar a su alrededor.
- Dios se acuerda de mí, piensa en mí y me conoce. Moisés, hoy me has hecho feliz, realmente feliz para toda mi vida.

Y Moisés dejó a aquel hombre que seguía bailando como un loco. Movió su cabeza, preguntándose si aquel hombre no estaba loco de remate. En su camino a través de la ciudad, vio al buen judío saliendo de la sinagoga. El judío corrió hacia él inmediatamente.
- Moisés, ¿viste a Dios?
- -le contestó Moisés.
- ¿Y le has preguntado algo sobre mí?
- Sí, lo hice, y Dios me respondió que te dijera que piensa a menudo en ti, que te ve a menudo y te conoce bien y que te ha reservado un sitio en la zona más alta del cielo.
- Moisés, me has dado la gran noticia del día, la gran noticia de mi vida. Todo esto tiene sentido, todo lo que rezo, y Dios es verdadero y maravilloso. Gracias.

Y Moisés siguió su camino. Pasaron los años y Moisés tomaba diferentes caminos para subir a la montaña. Y un buendía que se dirigía hacia ella, pasó por la misma ciudad. Se enteró de que los dos hombres habían muerto aquel año, y tomó nota mentalmente para preguntarle a Dios dónde estaban y qué hacía cada uno. Moisés y Dios hablaron, como lo hacían siempre, y justo cuando Moisés se preparaba para salir, preguntó a Dios si se acordaba de aquellos dos hombres de los que le había hablado hacía años.
- Sí, Moisés, los recuerdo.
- ¿Y cómo están?
- ¿No quieres realmente preguntarme dónde están?
- -le respondió Moisés.
- Bien, el vagabundo que se apoyaba en la pared está sentado cerca de mí en el reino de los cielos, y el buen judío que salía de la sinagoga está sentado en uno de los peores sitios del infierno.
Moisés se quedó sorprendido y horrorizado. Pensó para sí: "Dios me mintió". Dios, conociendo a Moisés, porque era Dios, le dijo:
- Moisés, te olvidas de algo. Yo soy Dios y no miento.
Moisés dijo tartamudeando:
- Pero, Señor, dijiste que tenían sitios reservados en lugares opuestos a los que ahora me dices.
- No, Moisés, yo dije que tenían sitios reservaos en el infierno y en el cielo, respectivamente.
- Yo..., yo no entiendo nada -dijo Moisés.
- Moisés, cuando tú le dijiste al vagabundo que le conocía, ¿qué es lo que hizo?
- Bueno -le respondió-, tuvo una reacción extraña, bailando loco de alegría. Pensé que estaba totalmente chiflado.
- Pero Moisés -comentó Dios- lo que ocurrió fue que se llenó de gozo porque yo, Dios, pensaba en él, me acordaba de él, de él que no era nada, y desde aquel día empezó a subir al reino de los cielos.
- Pero el otro -respondió Moisés-, el buen judío, reaccionó de la misma manera, bailando y cantando tus alabanzas.
- No, Moisés -dijo Dios-, él estaba encantado y aliviado no porque me acordara de él, sino porque todo aquello tenía sentido, y porque todo lo que estaba haciendo, sus oraciones, tenían efecto. Aquel mismo día empezó a descender al infierno.
- Vaya -dijo Moisés pensativo. Y se volvió para descender de la montaña. Cuando dejaba a Dios, éste le llamó:
- Moisés, por el hecho de que pases mucho tiempo conmigo, eso no quiere decir en absoluto que me conozcas.
Y Moisés bajó de la montaña preguntándose por primera vez en su vida si él acabaría en el cielo o en el infierno.

La historia siembra la duda acerca de la mayoría de nuestras elecciones, tanto en el pasado como en el presente. Es como si nos metieran en una sartén y la pusieran al fuego. Nos hace preguntarnos por los criterios que Dios tiene acerca de la santidad, para entrar en el reino. Desbarata todo pensamiento de que podamos encontrar nuestro camino para entrar en el reino o de que nos lo merezcamos. Aconseja a la gente eminentemente religiosa: tened cuidado. El que estemos investidos de cargos religiosos no quiere decir que sepamos todo acerca de Dios. Dice también que quizá el vagabundo que se apoyaba en el muro es más verdadero en su corazón que una persona de Iglesia. Las manifestaciones externas no siempre son buenos indicadores de lo que sucede dentro. Cuidado con las buenas apariencias religiosas. Quizá hagan ellas más por nosotros que nosotros por Dios y por nuestro prójimo. El vagabundo sabe muy bien que necesita a Dios, que Dios es Dios. Está admirado de que Dios se digne pensar en él, y más todavía de que lo tenga en su mente.

La parábola es desoncertante. No es solamente bre el judío religioso y el vagabundo; es más sobre Moisés, el líder, el portavoz, el que se ve a sí mismo como teniendo una relación privilegiada con Dios, como los escribas y fariseos, como la mayoría de nosotros en la Iglesia.

    Megan McKenna
En Parábolas. Las flechas de Dios


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