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Desmitificar la Navidad


En sus orígenes, los días que hoy son Navidad eras una fiesta pagana. Jesús de Nazaret no nació el 25 de diciembre, ni en el año cero de nuestra era. Estos datos son prácticamente ciertos, y conocidos desde hace siglos, aunque algunos listillos crean haberlos descubierto ellos ahora.

Más discusión puede haber en torno a Belén: los dos evangelios que cuentan el nacimiento de Jesús (Mateo y Lucas) no coinciden prácticamente en ningún rasgo, lo cual indica que sus fuentes y tradiciones han sido diversas. Y, sin embargo, ambos coinciden (casi) sólo en el dato de Belén. Esto para algunos es un argumento a favor. Respecto de la cueva y el establo, el patriarca marxista Ernest Bloch escribió hace pocos años: «un origen así no se lo inventa nadie para un Fundador». Quizá.

Pero todas estas elucubraciones perteneces más a la curiosidad y a la información inútil. Son datos que no cambian nada. A lo más, no sé si lograría desmitificar algo de la navidad pasada, cuando lo que hoy necesitamos es desmitificar la navidad presente. Desmitificar, en este caso, sería además, y sobre todo, desedulcorar.

Y para esta otra tarea sería mejor comenzar brutalmente así: el Niño-Dios, o el niño Jesús (o como ustedes prefieran llamarlo) no nace ciertamente en El Corte Inglés ni en las calles despilfarradamente iluminadas de nuestras grandes ciudades. Si uno es creyente, tiene que comenzar por aceptar seriamente esto. Si no lo es, puede que se trate de una información no del todo inútil.

La mayor mitificación de nuestra Navidad no ha consistido meramente en darle una fecha inexacta, o en forzar algún dato para que parezca coincidir con otra frase del Antiguo Testamento. Ha consistido en desfigurar del todo su sentido, y edulcorarla a través de un proceso de reconversión pagana. Los dos mejores ejemplis de ese proceso son las dos figuras emblemáticas de todos los belenes: los «pastores» y los «reyes magos». Veámoslo un momento.

Los pastores
Todos nuestros nacimientos tienen unas figuras bucólicas vestidas de pastor; pero no parecen tomadas del relato bíblico sin ode alguna égloga de Garcilaso. Un rabino contempráneo de Jesús decía (y es frase conocida en la sociedad judía de la época): «No hay oficio más despreciable que el de pastor.» No sólo por su materialidad (entre animales y no entre viodeconsolas) sino por la fama de ladrones que solían tener los pastores de la época. Esto es, precisamente, lo que ha desaparecido de nuestros nacimientos.

Imaginemos ahora una narración que parafrasea a la del capítulo 2 del evangelista san Lucas: «Había unos okupas en aquella misma comarca que pasaban la noche medio al raso, en antiguo cine Princesa. Y un enviado del Señor se presentó ante ellos. Y se atemorizaron creyendo que era la policía. Pero el mensajero les dijo: "No temáis que vengo a traeros una buena noticia: en esta misma ciudad ha nacido una esperanza divina para vosotros..."».

Se puede imaginar también que, allá por el siglo XXV, alguna mamá lee esta narración a su niño y el pequeño le pregunta: Mamá, ¿y por qué no fue el mensajero del Señor a las otras gentes de la ciudad?» «Hijo, respode la madre, es que andaban todos ocupando comprando».

Los reyes (?) magos
Con los magos pasa algo parecido. Textos del judaísmo contemporáneo de Jesús consideran la magia como uno de los pecados mayores, digno incluso de la pena de muerte. ¡Magos y además no judíos!: es imposible provocar con menos palabras, más sensación de rechazo.

Pero la tradición occidental ha comenzado por anteponerles lo de «reyes» magos, que no está en ningún evangelio. Lo de «reyes» redime así lo escandaloso del personaje: más o menos como cuando nosotros hablamos de los «jeques árabes». Los árabes, ya se sabe, son todos unos fundamentalistas despreciables..., menos esos jeques multimillonarios que se pasean pagando por Marbella. Ya están pues mitificados también los magos.

Pero ahora imaginemos otra narración que parafrasea la del capítulo 2 de san Mateo: «He aquí que unos imanes y unos gurús venidos de Oriente llegaron a la capital de la cristiandad: se nos ha manifestado allá lejos la luz de Dios y venimos buscándola. Se traró de tenderles una celada pidiéndoles que cuando la encontraran fueran a comunicarlo a las autoridades. Pero, al salir ellos, volvieron a ver la luz. La fueron siguiendo, y se paró en los Grandes Lagos. Allí encontraron a una pobre mujer hutu que acababa de parir en medio del camino. Y le dieron todo lo que les quedaba.»

Y otra vez: cuando en el siglo XXV alguna madre cuente esta historia a su niño, puede que el pequeño le pregunte: «Mamá, ¿y por qué no vieron la estrella los habitantes de la capital? Porque la iluminación de sus calles se lo impedía, hijo.»

Desmitificar la Navidad para recuperar la alegría
Y sin embargo, es cierto que Navidad es una buena noticia y significa alegría. Desmitificar la Navidad será entonces desmitificar nuestra idea de la alegría. Revela así que en el ser humano, caben dos formas de alegría: hay una alegría de la posesividad y el consumo que ensordece para todo lo demás, y que necesita estar constantemente echando combustible en sus calderas, porque es fugaz y se apaga en seguida. Se trata de una alegría excluyente.

Hay otra alegría que empieza parcialmente por los de más abajo porque sólo así puede llegar a todos. Pero, precisamente porque comienza desde los de más abajo, no puede ser alegría de posesión ni de consumo, sino alegría de esperanza.

Desde esta segunda alegría, lo que se encuentra no es un premio de la lotería, ni un coche, ni un equipo informático o un viaje o todo eso que se regala en los pseudoconcursos de televisión: es sencillamente un niño. Los relatos evangélicos repiten siempre: «Ésta es la señal: encontraréis un niño» (Lucas). «Y hallaron al niño» (Mateo).

El niño es absoluta debilidad pero es también absoluta promesa: por eso es fuente de tantas sonrisas. De sonrisas que no son excluyentes y que resultan más gratificantes que las del consumo loco.

Pues bien: una Navidad convenientemente desmitificada vendría a decir que «todo eso de Dios» anda más bien entre la segunda de las alternativas descritas. Y no tienen nada que ver, absolutamente nada que ver, con la primera de ellas. Por mucho que, a lo mejor, una vez instalados en ella, hasta recemos y vayamos a Misa.

Para terminar, no pretendo decir aquí cuál de estas dos alternativas es la mejor: los hombres somos libres y cada cual puede quedarse con la que quiera. Lo que sí puedo asegurar es cuál de esas dos alternativas es la auténticamente cristiana y cuál es una simple mitificación pagana de una profunda experiencia cristiana.

     José Ignacio González Faus, teólogo

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