Lo que sabemos históricamente de María es que fue una sencilla mujer del pueblo, de un rincón de la periférica Galilea. Y que fue la madre de Jesús.
Las narraciones contenidas en los dos primeros capítulos de Mateo y de Lucas no son históricas. Son una construcción teológica, que sirve de prólogo a los respectivos Evangelios.
El relato de la concepción virginal de Jesús tiene, con toda probabilidad, un significado cristológico, no mariológico. Nos quiere indicar que con Jesús se le da a la humanidad un hijo que supera las intrínsecas posibilidades de lo humano. Jesús nace de Dios.
Si se quiere entender la narración también (secundariamente) en sentido mariológico, la virginidad de María significa ante todo la entrega plena y sin desfallecimiento al Señor. Esto responde al lenguaje bíblico. En el Apocalipsis, para expresar la fidelidad perfecta de los que siguen a Jesúcristo sin claudicaciones, se dice de ellos que son vírgenes: y en su boca no se encontró mentira" (Apoc., 14, 1-5).
Los cristianos (sobre todo los católicos y los greco-ortodoxos) tenemos la convicción vivísima, radicada en la fe, de que María fue la incomparablemente escogida, la "llena de gracia" (Lucas, 1, 28), la "bendita entre las mujeres" (Lucas, 1, 42).
La carta a los Efesios (1, 18) habla de los ojos del corazón iluminados por Dios. Con esos ojos miramos nosotros a María. Y la vemos como la más próxima a Jesús. La sentimos madre nuestra. Con toda el alma.
María es para nosotros, inseparablemente, una pobre mujer galilea de carne y hueso y la "llena de gracia". Esta sorprendente "unidad" es la llave que nos puede abrir la puerta para comprender lo que es ella como "signo" de Dios.
Jesús, en su respuesta a los enviados de Juan Bautista, da esta señal, como prueba de que el Reino de Dios está ya en acción: "se anuncia a los pobres la Buena Noticia" (Mateo, 11, 5; Lucas, 7, 22).
Pues María de Nazaret es en sí misma la personificación de esa Buena Noticia para los pobres.
La escogida entre todas es tan del pueblo (una de tantas), que la gente se escandaliza de que su hijo puede ser profeta. Marcos da cuenta de la visita de Jesús a Nazaret. "Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: -¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago José, Judas y Simón? ¿No están sus hermanas aquí entre nosotros?-. Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: -Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa, carece de prestigio" (Marcos, 6, 2-4).
María es una confirmación espléndida de que Jesús es de los pobres y no de los ricos.
Por eso los poderosos, que han secuestrado el evangelio, privándolo de su mordiente, para adaptarlo a un consumo manipulable y banal, han secuestrado igualmente a María, convirtiéndola en una princesa de cuento de hadas, irreal e intemporal, para quitársela a los pobres y para tapar con su culto las más graves falsificaciones del mensaje de Jesús.
Es preciso rescatar a María, sacándola de la jaula dorada y traicionera en que la tienen metida, para que los que quieren y buscan el genuino evangelio puedan acercarse a ella, quererla y venerarla con alma y vida, como corresponde a los seguidores de Jesús.
El Evangelio de San Lucas pone en boca de María el cántico que llamamos Magnificat, por la palabra inicial de su versión latina. En él proclama María la gloria del Señor: “porque ha puesto los ojos en la humillación de su esclava" (Lucas, 1, 48).
Esta frase remite a las palabras que Ana, la que iba a ser madre de Samuel, le dirige a Yahvéh: "Si te dignas mirar la humillación de tu sierva"... (1 Sam., 1, 11). En Ana la humillación era su esterilidad, de la que se mofaba la otra mujer de su marido. Pero en el Magnificat la humillación cambia de sentido. No se trata ya de la humillación privada de una estéril en el seno de la familia poligámica (concepción primitiva y caduca), sino de la humillación social de los pobres, de las clases oprimidas.
El Magnificat probablemente procede de un himno judeo-cristiano que exaltaba las esperanzas de los pobres: "El brazo (del Poderoso) se hace sentir con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada" (Lucas, 1, 51-53).
Lucas aplica a María este himno de las primitivas comunidades cristianas populares, porque María es una manifestación excepcional de que Dios elige a los pobres y no a los poderosos. Esto lo afirma taxativamente otro documento judeo-cristiano-primitivo, que figura en el Nuevo Testamento con el título de carta de Santiago.
"Escuchad, queridos hermanos, ¿es que no ha escogido Dios a los pobres en el mundo para que fueran ricos en la fe y herederos del Reino que prometió el a los que lo aman? Vosotros, en cambio, habéis despreciado al pobre. ¿No son los ricos los que os oprimen y os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que ultrajan el hermoso nombre que os impusieron?" (Sant, 2, 5-7).
La humillación de María es la humillación social de los pobres. La elección por Dios de ella sobre todos los otros es un signo profético de consecuencias incalculables.
Pero el significado de la elección de María sólo es comprensible a partir de la relación de María con Jesús.
Jesús tiene que ser del pueblo, porque es el Mesías, y el Reino de Dios es de los pobres: de los pobres de carne y hueso, social e históricamente (Lucas, 6, 20), que son pobres con espíritu (Mateo, 5, 3: hay que referirlo a la profecía de Sofonías, 2, 3, donde, entre el 640 y el 630 a. de J. C., se habla ya de los "pobres de Yahvéh").
Jesús genética y socialmente es del pueblo-pueblo y es, a la vez y sobre esa base, la cumbre de la pobreza con Espíritu. Para esto, tiene que nacer de una mujer de los pobres.
Sólo desde esta perspectiva se comprende con profundidad el misterio de Jesús.
Un día se le acercó un teólogo (Mateo, 8, 19) -para Lucas 9, 57 simplemente "uno"- y le dijo: "Maestro te seguiré adondequiera que vayas".
La respuesta de Jesús tiene dimensión social histórica (y no ascético-religiosa, como se ha supuesto inconscientemente): "Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el hombre (el ser humano) no tiene dónde reclinar la cabeza" (Mateo, 8, 20; Lucas, 9, 58).
Los negros de América lo han comprendido bien y lo han expresado en uno de sus "espirituales": Las zorras tienen guaridas en el suelo y los pájaros sus nidos en el aire. Cada bestia tiene su escondrijo; pero nosotros, pobres pecadores, no tenemos nada.
Seguir a Jesús es entrar en el mundo de los pobres, no por una decisión ascética o espiritual, sino por una opción histórica y real. Porque Jesús es "el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón", y sus hermanas están en Nazaret, entre la gente (Marcos, 6, 5).
San Pablo, exhortando a los cristianos de Corinto a ser generosos en la colecta de solidaridad con la comunidad pobre de Jerusalén, les dice. "Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriquecemos con su pobreza" (2 Cor., 8, g). La riqueza de Jesús de que aquí habla Pablo, se refiere al misterio de su transcendencia, de aquella "condición divina" a que alude el himno incluido por Pablo en la carta a los Filipenses (2, 6). Como hombre, Jesús no se hizo pobre, sino que "fue" pobre. Y el factor condicionante para esto consistió en ser su madre la "señá" María de Nazaret. En esa condición pobre y popular de María, la bendita entre todas las mujeres, está una raíz y entraña de la totalidad del evangelio, de la "buena noticia" para los pobres.
Jesús, verdadero hombre y Mesías de los pobres. Este es el misterio de Dios. Y María está imbricada en la médula de este sacramento, que es el evangelio.
Los cristianos tenemos el convencimiento vivo, cordial, anclado en nuestra fe hondamente, de que María es el número uno, incomparablemente, en la partipación de la gracia salvadera de Jesucristo. Pero también aquí nos encontramos con la paradoja evangélica.
María no es una especie de monja que tuvo un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo, y esto la hizo mucho más monja todavía.
Mi mayor respeto por las monjas, que han sido y son, a veces, admirables. Pero María de Nazaret, psico-sociológicamente, no tiene nada absolutamente de monja. Es una mujer-mujer del pueblo-pueblo. Así nos la presentan los acercamientos más históricos de las fuentes evangélicas.
Todavía podemos y debemos dar un paso más en este camino.
Los tres evangelios sinópticos dejan traslucir una tensión entre Jesús y sus parientes. También el Evangelio de San luan afirma taxativamente (7, 5) que "ni siquiera sus hermanos creían en él". Marcos (3, 21) dice crudamente que los parientes, enterados del movimiento multitudinario que se producía en torno a Jesús, "fueron a echarle mano, porque decían que no estaba en sus cabales".
Ningún texto dice ni sugiere que María participase de la incredulidad de los hermanos de Jesús. Probablemente callaba.
En este contexto, los tres sinópticos nos dan una indicación importante.
"Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. Tenía gente sentada alrededor, y le dijeron:
-Oye, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera.
El les contestó :
-¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
Y paseando la mirada por los que estaban sentados en el corro, dijo:
-Aquí tenéis a mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios ése es hermano mío y hermana y madre" (Marcos, 3, 31-35; comp. Mateo, 12, 46-50 y, con menos dramatismo, Lucas, 8, 19-21).
Los cristianos pensamos que María fue madre para Jesús porque, en su sencillez, fue la más fiel cumplidora de la voluntad de Dios. Mucho más que el vehemente, generoso y complicado Pablo, por ejemplo.
Pero el dicho de Jesús pone de relieve su oposición a todo espíritu de nepotismo. Y este dato es importante, porque en el mundo judío los vínculos de consanguinidad tenían un papel preponderante. En este sentido hay un antagonismo, evangélicamente significativo, entre la actitud de Jesús respecto de su madre y la del rey Salomón respecto de la suya (1 Reyes, 2, 19). María no es para Jesús la "Reina Madre".
Lucas nos ha conservado un detalle lleno de frescura, en que la cordial e ingenua alabanza de una mujer del pueblo a María es transportada por Jesús a otra clave:
"Mientras (Jesús) decía estas cosas, una mujer de entre la gente le dijo gritando:
-¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!
Pero él repuso:
-Mejor: ¡Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!" (Lucas, 11, 27-28).
Todos estos incidentes nos hacen entrever situaciones muy realistas, enteramente ajenas a la tentación del "cuento de hadas".
Esto nos lleva a captar otro rasgo importante del gran signo evangélico que es María.
La fe de María no está teologizada. No es elitista. No se engarza en especulaciones profundas.
Más bien hay que decir que María no entiende. Pero calla, espera y es fiel.
La fe de María es sólo fe. Por eso es discreta e impalpable. Como un gran diamante solitario, montado al aire, en que todo engarce desaparece.
San Juan de la Cruz dice que el rayo de sol se hace visible por las motas opacas de polvo que embiste a su paso. Un rayo de pura luz sería invisible. San Juan de la Cruz aplica esta comparación a la experiencia mística de Dios. Yo la aplicaría a la fe de María. Ella es tan transparente, que en el Nuevo Testamento desaparece. Luego, una piedad mal entendida ha pretendido inflarla de materiales opalescentes.
Los dos capítulos de la infancia de Jesús en el Evangelio de San Lucas nos dan una versión poética, preciosa y significativa, de la figura de su madre. Pero hacen notar expresamente que, cuando María y José encuentran al niño Jesús en el Templo, al cabo de tres días de angustiosa búsqueda, la madre se le queja y no comprende la respuesta que Jesús le da (Lucas, 2, 46-50).
También en el relato, de tonalidad maravillosa, de la visita de los pastores al recién nacido, anota este Evangelio: "todos los que lo oyeron (también María) se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (Lucas, 2, 18-19).
Jesús ha dicho que "los últimos serán primeros y los primeros últimos" (Mateo, 20, 16). Esto nunca se ha manifestado tan claramente como en María.
Por eso ella misma es el evangelio, la buena noticia para los pobres, la realidad de las bienaventuranzas de Jesús.
Hay que liberarla de todos los falsos oropeles con que la han desfigurado, para devolverla a los suyos, que son aquellos pobres de la tierra que buscan la justicia de Dios (Sofonías, 2, 3). |