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Tareas pendientes...


Estas son las tareas pendientes que parecen más urgentes en orden a pensar y vivir como personas (y personas creyentes en Jesucristo) verdaderamente libres:

1. Liberarse de las esclavitudes que genera la propaganda y la publicidad en la sociedad de consumo. No podemos dejar de consumir. No sólo porque necesitamos consumir, sino además porque el consumo es necesario para que la estabilidad de la economía y del comercio se mantengan. Pero no podemos consumir lo superfluo, cuando sabemos que millones de seres humanos no pueden consumir lo indispensable. El problema está en determinar qué es lo superfluo. Y, por tanto, el problema está en fijar los contenidos y los límites de una razonable "ética del consumo". En cualquier caso, está claro que, si queremos sinceramente ser cristianos coherentes en este momento, la primera tarea que tenemos que afrontar es la tarea de educar nuestra sensibilidad ante el bombardeo de imágenes y mensajes seductores que reciben nuestros sentidos cada día y en cada momento. Es urgente reorientar nuestra sensibilidad, de las demandas del consumo a las urgencias del sufrimiento del mundo. El sufrimiento que causan las injusticias de este mundo. Esto es, sin duda alguna, lo más apremiante en el momento actual.

2. Liberarse de la falsa conciencia que produce la preocupación por las víctimas, para poder vivir la verdadera sensibilidad ante el sufrimiento de las víctimas. Es importante insistir en este aspecto del problema de la libertad. Porque es claro que la preocupación por las víctimas es uno de los logros más positivos y esperanzadores de nuestro tiempo. Y, sin embargo, tan cierto como eso es que la "preocupación", que todos tenemos por el dolor del mundo, puede servir de tapadera para ocultar nuestra falta de "sensibilidad" por ese dolor que tanto nos preocupa. Y aquí es decisivo comprender que la libertad es fruto de la sensibilidad, no de la simple preocupación. Este es otro de los grandes temas del momento que estamos viviendo.

3. Liberar al Evangelio de las contradicciones y peligros que hoy presentan las religiones. Quiero decir que, a partir del momento en que el Cristianosmo fue reconocido como la "religión oficial" de Occidente, Evangelio y Religión se fundieron de tal manera que, en la práctica, el Evangelio vino a ser pensado y vivido como un elemento más de la Religión. A fin de cuentas, nuestra Religión es la Religión "cristiana". De donde resulta que "lo cristiano" y "lo evangélico" soon los adjetivos que califican al sustantivo básico, la Religión. Ahora bien, todos sabemos que la Religión se integra debidamente en cada cultura. En consecuencia, el Evangelio ha venido a quedar integrado en la cultura de Occidente, en sus sistemas de valores y en sus criterios de interpretación de la vida. Y también en las prácticas religiosas, más o menos rutinarias y convencionales. Ahora bien, la consecuencia de este fenómeno ha sido que el Evangelio, como mensaje subversivo de las patologías de la Religión establecida, se ha convertido en elemento constitutivo de otra Religión que no tiene menos patologías que la del tiempo de Jesús. En consecuencia, el trastorno de los valores más específicamente evangélicos ha sido tan radical que ya nos resulta muy difícil poner cada cosa en su sitio y dar a cada palabra o hecho de Jesús su verdaadero valor. Seguramente, el ejemplo más claro, en este sentido, es lo que hemos hecho con la cruz. Es bien sabido que la cruz fue un castigo que los romanos utilizaron en Palestina, entre el año 62 a.C. y el 66 d.C., sólo contra los que se rebelaban contra el Imperio. Era, pues, un tormento para subversivos contra el sistema. Por eso, los evangelios no dicen que Jesús fue crucificado entre dos "ladrones", sino entre dos "subversivos", dos lestaí (Mc 15,22; Mt 27,38), palabra que, según Flavio Josefo, indicaba a los rebeldes políticos. Y, sin embargo, nosotros hemos hecho de la cruz un objeto religioso, que inspira respeto, devoción, piedad y adoración. O la hemos convertido en una codecoración que ponemos en el pecho de los que triunfan en este mundo. Está claro, pues, que el fenómeno genérico de la Religión ha integrado en sí al hecho histórico del Evangelio. De esta manera, el Evangelio ha perdido su originalidad propia. Y, en todo caso, ha visto limadas sus aristas y su fuerza de transformación. El Evangelio sirve para tranquilizar conciencias y consolar penas. Pero ya no es, en demasiados casos, un mensaje de cambio, sino un elemento estabilizador, que se utiliza, con frecuencia, para "legitimar" al sistema.

4. Liberar a la Iglesia de las innecesarias y peligrosas dependencias del sistema. Seguramente aquí tocamos el punto más delicado de cuantas exigencias tiene la libertad cristiana en este momento. Porque, al hablar de este asunto, nos estamos refiriendo al hecho de armonizar la fidelidad a la Iglesia con la libertad frente al sistema dominante. En teoría, no tendría por qué plantearse en esto problema alguno. Pero, en la práctica diaria de la vida, sabemos que todos los días tropezamos con dificultades. Yo me pregunto cómo pueden los católicos, que expresan sus protestas y desacuerdos con el sistema económico y político, permanecer fieles a una Iglesia que vive perfectamente integrada en semejante sistema. Los ejemplos en este orden de cosas son incontables. Y pienso que el siglo que acabamos de estrenar tiene que ser el siglo decisivo de la libertad coherente y arriesgada, si es que de verdad queremos que otro mundo sea posible.

5. Liberar la conciencia de la sumisión que pone en peligro la comunión en una sociedad tan plural y heterogénea como de hecho es la sociedad actual. Aquí me refiero a un problema específicamente eclesial. Porque la expereincia de los años que han seguido al concilio Vaticano II nos viene enseñando que, en la medida en que la jerarquía eclesiástica ha optado por favorecer, proteger y fomentar a los grupos que viven la mística de la sumisión en la uniformidad a un solo modelo de Iglesia, en esa misma medida ya no es posible que esta Iglesia sea, de hecho, la Iglesia de todos por igual. Por eso son ya muchos los católicos que no se sienten en esta Iglesia como en su hogar. Se trata de las personas que no sienten a la Iglesia como cosa suya y que, por eso, se ven cada día más alejados, más extraños, más ausentes. Por no hablar de los que se van y constituyen la masa enorme de los que han optado por el éxodo silencioso de los que ya on se sienten ni católicos, ni creyentes. La libertad cristiana es hoy también la tarea de los que queremos una Iglesia más respetuosa con el pluralismo, con la diversidad, con los que no piensan como nosotros pensamos. El empeño por el logro de una Iglesia así, es una de las tareas más urgentes del momento.

Esta es la hora de la libertad cristiana. A sabiendas de que el cristianismo será creíble en este mundo en la medida en que quienes optan por seguir sus creencias sean personas libres y agentes de libertad.

     JOSÉ Mª CASTILLO
Teólogo jesuita, en el IV Congreso Trinitario "Granada 2002"

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