Comenzamos
el año
2005 con el impacto del tsunami que tuvo lugar en Asia después
de la Navidad de 2004, que segó millares de vidas. Continuó con
el tifón
Katrina en el Sur de Estados Unidos, que destruyó Nueva
Orleáns. Y culminó con el aterrador terremoto en
Cachemira y Pakistán, que hizo llorar a la humanidad por
la inmensa cantidad de víctimas inocentes.
En Brasil hemos asistido al vendaval de las Comisiones Parlamentarias
de Investigación que han devastado el PT, Partido de los
Trabajadores, y han devorado a sus principales dirigentes, envueltos
en prácticas presumiblemente de corrupción política.
La frustración y rabia han alcanzado a millones de personas,
especialmente de entre los más pobres.
Va mal el mundo, va mal Brasil, va mal gran parte de la humanidad
sufriente. ¿Qué podemos esperar todavía? ¿Cómo
seguir adelante? ¿De qué fuente beber el sentido
para el próximo año?
Nos atrevemos a decir, como el poeta Thiago de Mello, que en tiempos
de represión tuvo el coraje inaudito de proclamar: «Está oscuro,
pero yo canto».
¿Qué cantamos nosotros? No cantamos una sonriente
realidad, ni un horizonte nuevo de esperanza. Cantamos en voz baja
pequeñas señales de bondad que nos permiten todavía
esperar y que no nos dejan sucumbir. Señales que según
la Biblia impiden que Dios nos destruya totalmente.
Esas señales son la onda de solidaridad que irrumpió para
ayudar a los millares de víctimas. Son aquellos centenares
de «médicos sin fronteras» que se arriesgaron
por los lugares más inhóspitos, para salvar vidas
destrozadas. Y tantas otras señales. Pero hay una señal
que ocurrió tiempos atrás, y que, para mí,
mostró que todavía es posible otro tipo de humanidad
generadora de familiaridad y de paz. Veamos.
Mazen Julani era un farmacéutico palestino, de 32 años,
padre de tres hijos, que vivía en la parte árabe
de Jerusalén. Cierto día, cuando estaba en un bar
con los amigos, fue víctima de un disparo fatal venido de
un colono judía. Era la expresión de venganza de
un israelita a causa de un atentado de un grupo palestino ocurrido
en aquel día, atentado que causó decenas de víctimas.
El proyectil entró por el cuello y le dañó el
cerebro. Llevado al hospital israelí, llegó ya muerto.
El clan de los Julani, decidió allí mismo, en los
pasillos del hospital, entregar todos los órganos del fallecido
para trasplantes a enfermos que lo necesitaran. El jefe del clan
aclaró que este gesto no tenía ninguna connotación
política. Era un gesto estrictamente humanitario. Según
la religión musulmana, decía, todos formamos una única
familia y somos todos iguales, israelitas y palestinos. Poco importa
a quién le sean trasplantados los órganos, que quedarán
bien en alguno de nuestros hermanos israelitas. En efecto, en el
israelita Ygal Cohen late ahora un corazón palestino.
La esposa de Mazen Julani no sabía cómo explicar
a su hija de cuatro años la muerte del papá. Ella
le dijo que su padre se fue de viaje y que a la vuelta le traerá un
hermoso regalo. A los que estaban cerca les susurró entre
lágrimas: de aquí a un tiempo yo y mis hijos vamos
a visitar a Ygal Cohen en la parte israelita de Jerusalén
porque él vive con el corazón de mi marido y del
padre de mis hijos. Y auscultaremos los latidos de su corazón.
Y eso será para nosotros un gran consuelo.
Son tales señales las que nos permiten mirar el 2006
con alguna esperanza. El canto iluminará todo la oscuridad
por venir.