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Dejemos
los asuntos de la Iglesia y ocupémonos de lo cotidiano.
Los cristianos celebran la resurrección el domingo de
pascua, una sola vez al año. En Brasil, curiosamente,
la resurrección sucede todos los viernes.
Es
la hora en que peones y obreros terminan el trabajo agotador
de la semana, y se reúnen alegremente en grupos en bares
y restaurantes populares para tomarse su cerveza. Todo es sonrisa
y amabilidad. ¡Y qué manera de hablar! En las
mesas las botellas de cerveza se suceden una tras otra. Y se
come algo barato pero sabroso: alas de pollo con farofa y salsa
vinagreta, churrasquito de carne con papitas fritas. Y para
terminar medio vaso de cachaça. La última copa
tarda en llegar.
Suelen
ser varias porque siempre hay alguien que paga la ronda siguiente.
Los rostros se transfiguran. Se nota que son personas explotadas,
por sus cuerpos trabajados, sus caras cansadas, sus ropas usadas.
Durante toda una semana fueron sometidas a la dura faena de
la humillante producción capitalista. Ésta no
valora la creatividad del trabajador. El capitalismo no ama
a la persona, apenas su fuerza detrabajo, sus músculos,
su cabeza, su habilidad y especialmente su productividad.
Pero
el viernes es el día que la vida cambia. Tiene lugar
la resurrección. Los seres humanos recuperan su humanidad
perdida, redimidos de las cadenas que los sujetan a cuatro
paredes, a las máquinas melancólicas, a las higiénicas
oficinas con sus computadores fríos.
Se
habla de fútbol. Cada uno es maestro en ese arte, entrenador
y al mismo tiempo crítico de los entrenadores y de los
jugadores estrella. Después se pasa a las mujeres. Se
cuentan casos reales e inventados, chistes, distensión
para la libido reprimida. Y las «despampanantes» y
las «apetecibles» merecen muchos comentarios. A
veces se habla de política, para insultar a los gobiernos
o para denigrar de Lula, aunque luego acaben votando por él.
Pero
lo mejor de todo es la conversación suelta, despreocupada,
la libertad de hablar y reír, beber cerveza, tomar algo.
Algunos más entusiasmados y ya bajo el efecto de la
cachaça hablan más alto. Otros abrazan al amigo
que está al lado como si fuera su novia. Sólo
les falta besarlo.
Yo
me detengo en las figuras: aquel negro con un corte en la cara
revela una bondad dulce e irradiante, y sonríe con tanta
dulzura que es ya primicia de la verdadera redención
en el paraíso del proletariado; a ése me gustaría
tenerlo como hermano. Aquella otra mujer gorda, bebe, picotea
las alitas de pollo, habla alto, tiene una mirada penetrante,
reparte el vino barato -sangre de toro- con su compañera
de enfrente; me gustaría tenerla de amiga. Todo es espontaneidad,
alegría propia de la resurrección.
Se
dice que en Occidente sólo entró la sonrisa después
de la fe en la resurrección, o sea, con la victoria
de la vida.
Yo
también, en un rincón, pido mi ración
de alas de pollo con farofa, bebo mi cerveza y sigo observando.
Y me elevo. La opresión no consigue matar la vitalidad
de la vida.
Cuando
voy a pagar, después de repetir plato, veo que vale
muy poco. Dejo casi el doble de propina. Y salgo emocionado
en dirección al carro, llorando de alegría por
asistir a la resurrección que está aconteciendo,
siendo testigo de la vida invencible e indestructible de los
pobres y de los oprimidos, nuestro pueblo, los preferidos de
Dios.
La
resurrección sucede de nuevo cada viernes, en la esperanza
de que un día se vuelva un eterno domingo de pascua.
Y esta fe vale para mí más que todas las discusiones
sobre el nuevo papa. |