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personajes que dejaron huella |
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de Álvaro Santos Cejudo |
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Hoy presentamos la vida de un Laico trinitario beatificado el pasado 28 octubre junto a 497 mártires más que amaron hasta dar la vida. Álvaro Santos Cejudo nació en Daimiel (Ciudad Real) el 19 de febrero de 1880 y pertenecía a una familia cristiana. Sintió la vocación religiosa e ingresó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Allí estuvo ocho años donde adquirió una buena formación y ejerció como profesor durante tres años en un barrio de Madrid. Sin embargo motivos familiares le hacen volver con los suyos y allí descubrirá su vocación como esposo y padre. Se enamoró y casó con María Rubio Márquez y encontró trabajo como ferroviario. Se establecieron en Alcázar de San Juan y allí vivió muy feliz, su matrimonio y el nacimiento de siete hijos. Él vivía todo desde su fe. Pertenecía a un grupo de oración, le gustaba visitar y hablar con sus amigos religiosos, entre ellos los trinitarios de Alcázar. Siempre tenía una palabra de fe y esperanza para quien lo pasaba mal, ya fuera un hijo, un amigo o un compañero de trabajo. Confiaba en Dios e intentaba dar lo mejor de sí por los suyos y los más necesitados. En estos valores educó a sus hijos. Un año una de sus hijas le pidió dinero para colaborar con las misiones. Álvaro cogió el bote donde guardaba el dinero y sólo quedaban 7,50 pesetas hasta final de mes y aún faltaban 13 días para cobrar de nuevo. El padre le dio un duro y la hija lo increpó, pues les faltaría dinero. Álvaro contestó: “haz cuenta que no damos nada, damos al que todo da y él proveerá”. Y así ocurrió. Álvaro era un trabajador cumplidor y responsable. Siempre tenía presente a Dios. Era atento con los compañeros y disponible si le pedían algún favor. No le importaba dedicar más tiempo o esfuerzo por realizar bien su misión. Mostraba con naturalidad que la fuente de su alegría y disponibilidad era Dios, a pesar de que sus compañeros se metieran o rieran de sus comentarios. También experimentaron dificultades, qué a pesar del dolor que le produjeron aceptó con fe. Tres de sus hijos murieron pequeños. En 1931 perdió a su amada María. Las dos hijas que le quedaban tras la muerte de su mujer, descubren su vocación como monjas trinitarias y Álvaro a pesar de sentir que se quedaría totalmente solo, se confía en Dios y apoya la vocación de sus hijas.
Su testimonio cómo laico, esposo, padre de dos monjas trinitarias y amigo de los trinitarios estimula a toda la familia trinitaria a seguir dando todo por Cristo Redentor. |
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Sección preparada por Sergio García |
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