No envíes mensajeros, ven tú mismo,
no mandes a tu ángel en campaña;
no otorgues protector ni des a nadie
el mando y el consuelo de tu vara.
Tu gloria abrasa, quema los pecados,
y somos todos dignos de tu llama;
mas eres padre, pródigo en perdones
y más glorioso cuanto más agracias.
Por eso, ven tú mismo, Padre Santo,
y muestra entre nosotros tu llegada;
levántanos, condúcenos, corrígenos,
mas tú, tan solo tú, con mano blanda.
O envíanos tu propio corazón
mandando al Unigénito del alba,
a aquél que viene y entra hasta la médula
y nunca por venir de ti se aparta.
Que venga el Verbo y haga su aposento
en todo gozo, en toda pena y lágrima;
y sea nuestra crónica y camino
su historia verdadera y cotidiana.
(P. Loidi)