Un minuto para respirar

Santísima Trinidad

A la sombra de la Trinidad

Tus manos, el milagro de tus manos,
ungieron de temblor mi grito y vértigo.
Fue tarde turbia en nubes tachonada,
oscuros años de remoto tiempo:
sin brújula, sin fondo, a la deriva,
bajo un diluvio de dolor inmenso.

Tus manos han cerrado mis heridas
con tanto amor y acrisolado ungüento;
gotas de luz en lámparas de aceite,
la clara medicina de tus dedos.

Tus finas manos de sutil pañuelo
restañaron las lágrimas del río,
despidieron sin ira el desconsuelo,
polvo quitaron, amasaron barro,
con pasión moldearon un ser nuevo.
¡Ay, Señor, cómo no adorar tus manos
divinas, enfermeras de mi cuerpo,
tus manos resucitadoras mías,
tus dos manos que unción son y son fuego,
las manos de tu Cristo y de tu Espíritu,
tus manos, tus caricias, tus misterios!

(Francisco Contreras)

 

 

 

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